La estela de luz

Así cierto día permanecía yo escondida en una pequeña cabaña con mis dos sirvientes que se hacían pasar por mis familiares. Ellos se habían convertido en mi más grande apoyo y yo los amaba profundamente. Traían alimento, cambiaban mis vestiduras para lavarlas o airearlas bajo el ojo de Ah’Rá. Su calor brindaba paz a mi corazón y sus manos secaban mis lágrimas cuando sentía que no podría dar un paso más en esta existencia. Este día, cuando el ojo de plata se elevó por las arremolinadas dunas del desierto, mi preciado sirviente había traído para mí noticias: se hablaba de una sociedad secreta, sumida en un halo de misterio. La gente supersticiosa creía que eran seres de otro mundo, pero la verdad es que no eran más que hombres y mujeres de saber. Secretas eran sus actividades y a la gente le gustaba expandir rumores sobre esto. Más tarde supe que se reunían en un pueblo cercano. Esa noche la Señora de la Luna me dijo con su suave hálito plateado “Es tiempo. Ellos te recibirán muy bien. Debes ir sin ser vista. Yo te volveré invisible”. Desperté confundida. Una parte de mí deseaba una existencia diferente. La otra tenía demasiado dolor para continuar el viaje. Envuelta en mis telares lloré. El sentimiento era agridulce como la pulpa del Ahn’choor. Temblando, con timidez, me levanté de mi lecho, cansada de aquel polvoriento lugar. Sentía una poderosa fuerza sobre mi cabeza, infundía mis manos y mis piernas con la energía que necesité para tomar mis pertenencias y salir del pueblo mientras todos dormían. Dejamos atrás a mi Asno, algunos ropajes y también alimentos. La Señora me guiaba y yo confié en Ella. Me indicaba por dónde ir y aunque yo no tenía idea de lo que estaba haciendo, plenamente me entregué a su infinita visión. Yo cerraba los ojos y podía ver su brillo que desde el cielo me guiaba a cada paso. Mis sirvientes me ayudaban a borrar las huellas mientras caminábamos hacia la dirección apuntada por Ella. Despuntaba el Alba y los rayos comenzaban a calentar el desierto. A lo lejos se veía una estela de humo y un círculo de personas de largas túnicas azules reunidos junto a un discreto fuego. Alzaban los brazos al cielo elevando plegarias y luego se llevaban las manos al corazón, para luego bajarlas tocando y besando la tierra. Me detuve. Con gran excitación. Esta era mi prueba. Demostrar la fé en lo que había visto, vivido y sentido. Ellos terminaron sus plegarias ya bien entrada la mañana y yo me había sentado entre unas rocas a esperar pacientemente. Recogían sus pertenencias y buscaban a sus camellos. Tomé un hálito y me encomendé a Ah´rá.

Se dice que Nefertiti y su esposo faraón intentaron revolucionar la religión liderando un movimiento monoteísta donde el dios Atón era el único y máximo poder y que esto desencadeno la ruina así como la ganancia de muchos enemigos. Sin embargo, ella, Neferá, disiente profusamente ante tal idea. Fue y ha sido una completa manipulación de la historia. El Pharaoh no era tan tonto. Fueron estratagemas y unos cuantos errores de los “traductores” de nuestra antigua lengua.

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